Aunque ya hace siglos que llegué a Burgos, nunca me acostumbré a este clima. Extraño mi país de origen, cálido y dorado. Allí la nieve y el hielo no son más que leyendas urbanas de las que cuentan los comerciantes.
Aquí me vi obligada a cambiar mi vestimenta. Tuve que abrigarme más. Utilizar otras telas, incluso un velo que abrigase mi cabeza.
También me rindieron culto, aunque mi situación cambió bastante.
Aún recuerdo con nostalgia los días antiguos en que yo encabezaba el panteón de mi pueblo, junto a mis hermanos, y mi hijo sobrevolaba como un halcón nuestro río, el más largo y majestuoso del mundo terreno.
Pero aquellos días grandiosos llegaron a su fin, fuimos sustituidos por otros dioses. En mi caso, me trajeron a Occidente, donde languidezco y mi culto, sumido en la decadencia, pasó a un segundo plano.
Ahora me dan asilo en este Museo, donde los objetos de épocas remotas se amontonan y son contemplados de vez en cuando por algunos curiosos, como vosotros ahora mismo.


